Hambre Espiritual

“Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto … Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que ni tú ni tus padres conocían.”

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

En estas líneas de la primera lectura, Moisés está recordando al pueblo de Israel de quienes son y de donde vienen. El Señor les hizo escapar de la esclavitud en Egipto, cruzando con pies secas por el Mar Rojo, y vagando por 40 años en el desierto, donde anhelaron regresar a Egipto, donde sabemos al menos que tendrían que comer. En sus años en el desierto, los Israelitas conocían el hambre. No como el hambre que tenemos a las ocho de la tarde cuando no hemos comido todavía, pero el hambre ardiente de quien no ha comida en días, el hambre que causa dolor al punto de casi no poder caminar. Entonces, Dios contestó a sus llamadas por ayuda con el maná, un pan que encontraron cada mañana por el suelo del desierto.

En el desierto, los Israelitas no solamente tenían hambre – estaban totalmente priva de comida y estaban en peligro de muerte. Escuchamos en el evangelio de hoy que debemos comer la carne de Cristo y beber su sangre para tener vida dentro de nosotros, y entonces, en realidad nosotros tenemos la misma necesidad de Él como los Israelitas tenían del pan que descendió del cielo y recogieron cada mañana. Nosotros, mis hermanos en Cristo, estamos muriendo de hambre para la Carne y Sangre de Cristo: la Eucaristía.

El problema es que muchas veces es muy difícil para nosotros estar conscientes de cuanto necesitamos a Cristo. El hambre físico es ineludible. No se necesita un sentido especial para estar consciente de el. Pero si miramos al mundo alrededor de nosotros, parece que hay muchísima gente que no tienen una conciencia de este hambre espiritual. Y si miramos a nosotros mismos – si somos honestos – vemos las tantas veces en nuestras propias vidas en que no fuimos conectados a este hambre espiritual, esta necesidad de Cristo, y la podemos ignorar hasta que desaparezca. ¿Cuantas veces te has pensado, “Necesito recibir a Cristo en la Eucaristía”? Para la mayoría de nosotros, no serían tantas veces como debe.

Y esto, ¿porque es así? ¿Porque es que Dios nos hizo – parecería – para ser más en armonía con nuestras necesidades físicas que nuestras necesidades espirituales? ¿Porque perdemos contacto con el hambre espiritual que debemos tener para Cristo, especialmente en la Eucaristía, sin la cual no tenemos la vida verdadera dentro de nosotros?

El problema, yo propongo, es así: No sabemos lo que quiere decir tener hambre espiritual, porque no sabemos lo que quiere decir estar espiritualmente satisfecho. No sabemos lo que quiere decir tener hambre espiritual porque no sabemos lo que quiere decir estar espiritualmente satisfecho. La realidad, mis hermanos, es que todos estamos afectados por el pecado original. Aunque hemos tenido este pecado original borrado por el don preciosismo del Bautismo, quedan sus efectos. No estamos viviendo en la santidad original que Dios quiere para nosotros. Vemos a nosotros mismos en nuestra fragilidad y tendencia al pecado y vemos a lo que es, y no lo que debe ser.

Muchos de ustedes probablemente han tenido la experiencia de tener lentes, o como hijos o como adultos. Recuerdo la primera vez que tuve mis lentes – era como ver para la primera vez. No sabía que se podría ver tantas cosas en tanto detalle. Recuerdo como fui absolutamente asombrado por las detalles que podría ver. No tenía idea, antes de aquel momento, cuanto mal era mi vista, ni tampoco como debe ser ver el mundo. Así es el alma que está en pecado y se ha olvidado como es estar en la gracia de Cristo.

La mayoría de nosotros somos así en nuestras vidas espirituales, como el niño que está bizqueando sus ojos al pizarrón en la escuela. No nos damos cuenta de que hay una problema porque no sabemos como debe ser. Quizás sabes como es estar cercano a Cristo, pero te das cuenta que estás tibio en su relación con Él. Quizás has esperado mucho tiempo para sentir el fuego del amor de Dios como has visto en las vidas de los otros. Y quizás estás contento donde estás con Dios – que quiere decir que necesitas a alguien para despertarte.

Es precisamente por esto que estoy aquí como su nuevo párroco. Yo estoy aquí para una razón solo: para ayudarles llegar al Cielo. Al mismo tiempo, espero conocerles bien, participar en la vida de sus familias, aprender de ustedes también y recibir el testigo de su fe. Pero lo que les prometo sobre todo es un enfoque singular en nuestra tarea principal: su salvación eternal. Es por esto, fundamentalmente, que tenemos a los sacerdotes – para recordarnos que quiere decir estar espiritualmente satisfechos, y para hacerlo posible por la celebración de la Santísima Eucaristía.
Muchas veces, no sabemos lo que quiere decir tener hambre espiritual, porque no sabemos lo que quiere decir estar espiritualmente satisfechos. No nos damos cuenta que no vemos la belleza antes de nuestros ojos porque se olvida como debe ser nuestra vista. Pero las buenas noticias son que las cosas no tienen que quedar así. Hoy en el Evangelio nuestro Señor nos dice, “Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.” Cristo está diciendo que los que comen su carne – los que reciben la Santa Comunión en un estado de gracia – tienen vida de Él así como Él tiene vida del Padre. ¡Es increíble! Cristo y el Padre son Uno, totalmente unidos en la Santísima Trinidad. Entonces, Cristo está diciendo que nosotros debemos estar unidos con Él así como Él estado unido con el Padre. Esto es posible por la recepción de la Santa Comunión.

Entonces, debemos pedir, “¿Que quiere decir en la practica de mi vida que debo estar unido con Cristo en la Santa Comunión?” Si quieres saber como es estar espiritualmente satisfecho, a comenzar a sentir el hambre espiritual en tu vida, hay tres cosas que tienes que asegurar en tu relación con Jesús en la Eucaristía:

Primero, tienes que estar en la Misa cada Domingo. También si estás viajando, si estás afuera de la ciudad, si tus niños tienen deportes o lo que sea, necesitas a Jesús en la Santa Comunión.

Segundo, los Israelitas que estaban en el desierto podrían recoger solo la cantidad de maná – el pan que vino del cielo – que podrían usar en un día. Nosotros rezamos en el Padre Nuestro, “Danos hoy nuestro pan de cada día.” Tenemos que estar devotos a Jesús en la Eucaristía también afuera de la Misa de Domingo. Necesitamos que Él sea nuestro pan de cada día, no solamente nuestro pan de cada semana. Claro, la mayoría de gente no tiene la posibilidad de venir a la Misa todos los día para recibir la santa comunión, pero quizás podrías venir a la Iglesia en un otro momento durante la semana para visitar a nuestro Señor, que está siempre presente en el sagrario. O, todos podemos recordarnos todos los días en nuestras oraciones del grand don que hemos recibido en la Eucaristía, y luego pedimos las gracias necesarias para vivir con la cercanía a Dios que la Eucaristía nos ha dado.

Tercero, debemos tener reverencia para Cristo presente en la Eucaristía. Debemos acercarnos a su templo santo, esta iglesia en la cual reside el Dios verdadero y único, casi con temblor por quien sabemos está allí. La reverencia que tenemos a Cristo presente en la Hostia y en el sagrario tiene el poder de formar nuestras corazones para estar listos para recibir a Él.

Mis hermanos en Cristo, como su nuevo párroco, estoy lleno de jubilo para poder darles de comer con el Cuerpo y Sangre de Cristo en la Eucaristía. Les dije que estoy aquí para ayudarles llegar al Cielo, y lo más cerca que podemos estar al Cielo en esta vida es aquí, mientras recibimos el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Él quien anhelemos ver por toda la eternidad.

Que así sea.

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